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Elemrise
❦ Bestiario

Guardián de la Tormenta

Guerreros de la Escollera donde las tormentas de Aetheria caen al mar

2 min de lectura

Suben a la tormenta para volverse más fuertes y, antes de cada combate, le devuelven algo al mar. El mar, a cambio, siempre les da otra cosa.

Al mar le das lo que tienes en la mano. A la tormenta, lo que tienes dentro. — Kael Tronamar

Las tormentas que nacen en los cielos de Aetheria tienen que caer en alguna parte, y la mayoría lo hace sobre la Escollera de los Cien Rayos, una costa de acantilados negros entre Hydrosia y la sombra de las islas flotantes. Allí vive la Hermandad de la Tormenta, una orden de guerreros que no protege un reino, sino un límite: el lugar donde el aire se convierte en agua y donde los barcos de ambos reinos se hunden con más frecuencia que en ningún otro sitio de Roglamor.

Su rito central es la subida. En plena tempestad, el guardián trepa por las cuerdas de una torre de vigía hasta meterse dentro de la nube, y aguanta allí mientras puede. Cuando baja, durante un rato, es más grande, más pesado y más rápido de lo que ningún cuerpo debería ser; luego el poder se escurre como agua de lluvia. Antes de cada combate cumplen además una costumbre hydrosiana: arrojan al mar algo que llevan encima, un anillo, una carta, un recuerdo, y aceptan lo primero que la marea les traiga a cambio.

La Fractura ha dividido las tormentas. A menudo hay tempestad en una realidad y calma chicha en la otra, y los guardianes han aprendido a subir en una y a combatir en la otra. Lo que les preocupa es otra cosa: desde 2.848, algunas tormentas se detienen sobre la Escollera y no avanzan, como si esperaran. Los veteranos dicen que, en el centro de esas nubes, han visto algo que parpadea.

La gesta más cantada es la de Kael Tronamar, que en la Gran Tormenta de 2.848 se ató a la última roca de la Escollera para guiar con su propio cuerpo, iluminado por los rayos, a una flotilla de contrabandistas del capitán Oren Velaspina. Oren sobrevivió y le debe la vida. Kael, desde entonces, no ha vuelto a bajar del todo de la tormenta: tiene el pelo erizado de electricidad y habla con un trueno de retraso.

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