El Guardián de Hydrosia sirve a Aegir desde tiempos inmemoriales. El Prisionero Condenado también lo hizo, hasta que rompió su juramento. Comparten celda y sangre.
Sirve a Aegir desde tiempos inmemoriales. Y a su hermano, desde un poco antes. — Inscripción en la escalera de la celda
En Hydrosia los juramentos no son palabras: son agua que entra en el cuerpo y no vuelve a salir. Dos hermanos juraron servir a Aegir el mismo día, con el mismo cuenco. Uno lo cumplió durante siglos y se convirtió en el Guardián de Hydrosia. El otro lo rompió una noche de tormenta, y un abismo se abrió en su alma.
Nadie en Hydrosia sabe qué hizo. Aegir lo sabe y no lo dice. El castigo fue inmediato: encerrado en la oscuridad bajo la capital, a esperar su destino con resignación. Y su guardián, por decisión propia, sería su hermano.
Cada noche, el Guardián baja la escalera de la celda con un cuenco de agua. Lo deja junto a la reja y se sienta del otro lado. No hablan. Hace cuatrocientos años que no hablan. Pero el Guardián nunca ha faltado, y el Prisionero nunca ha dejado de beber el agua, aunque sabe que quien la trae podría haberla envenenado con un solo gesto.


