El impostor de Verdelume engañó a las hadas durante meses. No aprendió solo. Alguien que moldea la verdad a su antojo le dio clases, y le cobró por adelantado.
Moldeo la verdad a mi antojo. Pero la tuya, alumno, la guardo intacta. Es demasiado valiosa. — El Señor de las Mentiras
El Señor de las Mentiras no tiene escuela, ni discípulos, ni paciencia. Pero una vez cada muchos años, alguien lo encuentra en las dunas con una pregunta concreta: ¿cómo se hace para que te crean? Al último que llegó le pidió una sola cosa a cambio de responder: una verdad que nunca hubiera contado a nadie.
El alumno se la dio. El Señor de las Mentiras la guardó y, durante tres noches, le enseñó a curar heridos con hierbas que no curan, a hablar de raíces como quien ha crecido entre ellas y a mirar a un hada a los ojos sin parpadear. La última lección fue la más importante: el mejor disfraz es hacer el bien de verdad, porque nadie sospecha de quien ayuda.
Por eso el impostor curó heridos de verdad durante meses. Cuando lo atraparon en el Bosque Encantado, se celebró en todo Verdelume. Nadie ha dicho todavía quién era. El Señor de las Mentiras sí lo sabe, porque guarda su verdad. Y la está vendiendo.

