Los duendes esconden en el bosque cofres llenos de trampas ingeniosas. Quien los abre siempre encuentra algo, y siempre pierde algo a cambio.
Si un cofre de duende se abre a la primera, corre. — Bodrik Tresllaves
En la vieja guerra entre los duendes del bosque y los enanos de las minas, los duendes nunca tuvieron fortalezas: tuvieron cofres. Los esconden en los huecos de los árboles, bajo las raíces y en el fondo de los arroyos, y cada uno está protegido por trampas tan ingeniosas que los enanos llevan siglos estudiándolas sin entenderlas.
El cofre funciona como un trueque. Quien logra abrirlo siempre encuentra algo útil, pero el mecanismo exige dejar algo dentro antes de cerrarse. Los duendes lo consideran justo; los enanos, un robo con modales. El ladrón más famoso de cofres, el enano Bodrik Tresllaves, abrió cuarenta y uno a lo largo de su vida, hacia el 2.400 d. S., y en el último dejó, sin querer, su propia barba.
Desde la Fractura, los Duendes Bombarderos han empezado a llenar algunos cofres con pólvora en lugar de tesoros, y los enanos ya no saben qué cofre es una trampa y cuál es una broma. Durn, el Enano de las Minas, encontró uno en las galerías profundas mientras buscaba el Cáliz de Ignis, y no lo abrió.
Nadie sabe cuántos cofres hay escondidos. Los duendes afirman que el más antiguo guarda algo que robaron a los propios enanos antes de que empezara la guerra, y que por eso la guerra empezó.



