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Elemrise
❦ Bestiario

Azira, Chamana de Solaria

La garganta del sol que nunca se apaga

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Azira canta para que el sol de Solaria no se ponga jamás. Su tormenta protege el reino, pero también la desgasta a ella: cada grano de arena que levanta le cuesta un aliento.

No me pidáis que distinga entre vosotros y ellos. El sol tampoco lo hace. — Azira, ante el consejo de Solaria

Los solarianos no dicen que el sol nunca se apaga: dicen que alguien lo mantiene encendido. Desde la fundación del reino, una chamana canta cada amanecer en lo alto de la capital, y mientras su voz no se quiebra, el sol no se mueve del cielo. Azira es la decimonovena en ocupar ese lugar. La eligieron niña, cuando las chamanas la encontraron sentada en la arena a mediodía sin una sola quemadura, mirando el sol de frente sin parpadear.

Su poder no es amable. Las tormentas de arena que invoca desde el Reino de Solaria rodean la capital como un muro vivo, y no distinguen entre amigos y enemigos: arañan por igual a los invasores, a los guardianes de las murallas y a la propia Azira, que las dirige con los brazos abiertos y la piel en carne viva. En Solaria se dice que una chamana no envejece por los años, sino por las tormentas. Azira, que no ha cumplido los cuarenta, tiene ya el pelo blanco como la sal.

Cuando el sol no basta, Azira usa el fuego que lo alimenta. Con un gesto concentra la luz en un solo punto y quema a su objetivo hasta el hueso. Si el enemigo cae, la chamana lee sus cenizas como otros leen las estrellas: en la forma en que se dispersan ve qué vendrá después. Así supo, días antes, que el Vacío entraría en Blazaria por los Valles Quemados, y así supo, también, que la amenaza para su reino no vendría del cielo, sino del sur verde.

Tras la Fractura, el sol de Solaria empezó a temblar. En la otra realidad, dicen los nómadas, hay un Solaria donde ya es de noche. Azira canta ahora dos veces cada amanecer, una por cada mundo, y ha prohibido que nadie la mire mientras lo hace. Fue en ese estado de agotamiento cuando descubrió los brotes de Aremis junto a sus murallas. Lo que otros llamaron milagro, ella lo vio como la primera grieta: un reino que deja de necesitar el sol deja de necesitar a quien lo canta.

La leyenda más contada sobre ella es la de la Tormenta de los Nueve Días. Durante la primera oleada del Vacío, Azira levantó un vendaval que no cesó en nueve días ni nueve noches. Cuando por fin se calmó, el enemigo había desaparecido, pero también la aldea de Qasr-Tamel, enterrada bajo las dunas con todos sus habitantes dentro. Azira no ha vuelto a nombrar aquella aldea. Los Bae Dorus, sí: era allí donde los capataces de Nocivax compraban el agua.

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