Azira entrenó a Aremis desde niño. Fue ella quien lo declaró traidor y quien rompió su espada. Lo que nadie vio fue que se guardó uno de los brotes del oasis.
Su poder emana del sol que nunca se apaga. Su pena, de un brote que nadie debe ver. — Dicho de los guardianes de Solaria
Azira encontró a Aremis siendo un huérfano que dormía a la sombra de las Agujas. Le enseñó a leer el sol, a oír la arena y a sostener una espada sin que le temblara el pulso. Cuando él forjó la suya, ella la bendijo con el sol que nunca se apaga.
El día del juicio, en la plaza mayor de la capital de Solaria, Azira no dejó hablar a nadie. Leyó la acusación, escuchó el silencio de Aremis y tomó la espada de sus manos. La partió contra el borde del pozo real, y el sonido se oyó hasta en las Agujas. Luego le dio la espalda y no volvió a mirarlo.
Esa noche, a solas, la chamana bajó al Oasis del Soñador. Las tormentas de arena que ella misma invoca no distinguen entre amigos y enemigos, y debían arrasar los brotes antes del alba. Azira arrancó uno con cuidado, lo envolvió en un paño húmedo y lo plantó en una maceta, en la habitación más alta de su torre, donde ningún guardián entra.



