La capital de Solaria, bajo el sol que nunca se apaga. Azira invoca tormentas de arena que la protegen, y que no distinguen entre amigos y enemigos.
El sol no se apaga, pero a veces se cansa de mirar. — Azira, Chamana de Solaria
La capital se alza en una meseta de arenisca roja, con muros de adobe dorado, patios sombreados por toldos de lino y torres con cúpulas de bronce. El sol brilla de día y de noche con un resplandor ámbar. En el centro se alza el Palacio de la Garganta, desde donde se ve el horizonte entero.
Sus gentes viven al ritmo de «Juntos bajo el sol que nunca se apaga»: comparten el agua, rotan las guardias y celebran la caída de la tarde con una música de tambores. Azira, la Chamana, invoca desde aquí las tormentas de arena. Los Jinetes de las Dunas cabalgan a los nadadores de arena y el Rayo del Desierto cruza el cielo cada mediodía. Las tormentas no distinguen entre amigos y enemigos, y los solarianos lo saben.
Desde la Fractura el sol brilla más débil en una de las realidades y más fuerte en la otra. Azira duerme poco y presta tormentas al Djinn, según los rumores. El rincón secreto es el Patio de la Sombra Prestada, un jardín cerrado donde por una hora al día el sol no llega: la gente de la ciudad hace cola para sentarse allí en silencio.


