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Elemrise
❦ Bestiario

Vigilante de los Cielos

Ave centinela que anida en Verdelume y vigila las calles de Aetheria

2 min de lectura

La Guardia Real de Aetheria jura silencio; sus vigilantes gritan por ella. Ven las sombras que nadie ve y, cuando mueren, sus plumas siguen protegiendo a quien las recoge.

Ese pájaro me salvó la vida y luego me arruinó. No sé si darle las gracias o desplumarlo. — Oren Velaspina, capitán de barco aéreo

El Vigilante de los Cielos nace en las copas más altas de Verdelume, allí donde los árboles colosales rozan las nubes, y a los pocos meses emprende el vuelo hacia arriba. Ningún otro pájaro de Roglamor hace ese viaje: atraviesa el aire frío hasta encontrar las calles flotantes de Aetheria, y allí se queda. Los aetherianos dicen que viene a mirar. No caza, no canta, apenas come. Se posa en las cornisas y observa cada rincón con unos ojos claros que distinguen una sombra viva de una sombra corriente.

Esa mirada es la razón por la que la Guardia Real de Aetheria los cría desde hace siglos. Los guardias juran silencio y sus labios permanecen sellados; no pueden dar la alarma. El vigilante lo hace por ellos. Cada guardia tiene un ave asignada, y ambos aprenden a entenderse con gestos y aleteos. Cuando el pájaro chilla, la ciudad sabe que algo invisible camina por sus puentes.

Un vigilante caído no se entierra. Su cuidador arranca las plumas del pecho, todavía tibias, y las cose en vendas. En Aetheria se cree que cierran heridas que ningún ungüento cierra, y los soldados que vuelven de las islas exteriores llevan bajo la armadura un saquito de «plumas de vigía». Desde la Fractura, cuando las criaturas del Vacío empezaron a invadir los cielos, las bajas entre los vigilantes se han multiplicado, y no hay barrio de Aetheria sin su pequeño taller de vendas.

La vigilante más famosa fue una hembra vieja y medio desplumada a la que los marineros llamaban Abuela Ventisca. Durante una tormenta negra de 2.848 d. S. guio a ciegas el barco aéreo de Oren Velaspina entre las Islas Voladoras, chillando ante cada esquirla de sombra que flotaba en el aire. Oren, que lleva toda su vida esquivando a la Guardia Real con su carga de contrabando, llegó a puerto vivo y furioso: la misma ave que lo había salvado se posó en su mástil y no dejó de gritar hasta que los guardias abrieron sus bodegas.

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