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Elemrise
❦ Bestiario

Heraldo del Vacío

La primera nota del canto del Vacío; nunca llega solo

2 min de lectura

Pequeño, débil y casi ridículo. Pero donde aparece un heraldo, los cristales parpadean, los relojes de arena se detienen y, poco después, algo mucho más grande cruza por el hueco que ha dejado.

Mata al pequeño primero. El grande solo viene porque el pequeño le abrió la puerta. — Tesmer Ocho-Sellos, Sellador de Portales

El Heraldo del Vacío es la criatura menos temible de las fuerzas de Zeon, y por eso mismo la más peligrosa. Un niño con una vara podría deshacerlo. No muerde, no grita, apenas tiene forma: una figura encorvada de bordes temblorosos que se mueve como la imagen de un charco cuando alguien lo pisa. Su único oficio es anunciar. Allí donde se posa, la energía elemental se tuerce, los cristales cercanos pierden brillo y se abre un camino por el que otras entidades del Vacío pueden emerger.

Los Selladores de Portales, la orden itinerante que cierra grietas, llevan un registro minucioso de sus apariciones. Su cronista más famoso, Tesmer Ocho-Sellos, anotó las señales que preceden a un heraldo: la leche se corta sin motivo, las llamas de las velas se inclinan hacia el suelo, las runas talladas pierden profundidad durante una noche y la recuperan al alba. En las Agujas de Solaria se descubrió otra: los relojes de arena dejan de caer, como si el tiempo no quisiera pasar delante de él.

Antes de la Fractura no existían, o nadie los vio. Hoy brotan de las grietas del pilar como espuma, y la Ruptura de los Cristales no se entiende sin ellos: los heraldos no rompen los cristales, sino que los cansan, uno a uno, hasta que el sello que sostenían cede por sí solo. Por eso los Selladores tienen una regla que no admite excepciones: un heraldo se destruye antes que cualquier otra cosa, aunque al lado haya un campeón del Vacío.

Tesmer Ocho-Sellos debe su sobrenombre a la noche del Faro de las Estrellas. Cuenta que, una hora antes de que el faro se apagara, vio ocho heraldos subir en fila por el Sendero de las Estrellas, sin prisa, como peregrinos. Selló ocho grietas detrás de ellos. No sirvió de nada: la novena estaba dentro del propio faro, y Veldris, ocupado en beber estrellas, no la vio abrirse.

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