Tejida con la esencia de Ethereon para caminar sin ser vista. Su portador se vuelve sombra, pero carga con el peso de la Ruina y con el eco del Vacío dentro del alma.
Me la quité para dormir y ya no supe qué cara ponerme al despertar. — Ysolde Sinrostro
Las tejedoras de Ethereon la hicieron hacia el 1.300 d. S. con hilos de la noche que hay entre las constelaciones, para que los guardianes de la capital pudieran cruzar el Plano Espectral sin que los espíritus los reconocieran. Quien se la pone no se oculta: deja de tener rostro. Los ojos ajenos resbalan sobre él como el agua sobre el cristal.
La primera portadora conocida fue Ysolde Sinrostro, espía de la reina de Ethereon de su tiempo, que en 1.380 d. S. recorrió los seis reinos sin que nadie recordara haberla visto. Volvió con secretos de todas las cortes y sin uno de los suyos: había olvidado cómo era su cara. Pidió que la enterraran con la máscara puesta.
No la enterraron. La máscara pasó de mano en mano durante siglos y siempre exigió lo mismo: un poder inigualable a cambio de un peso que el portador no puede soltar. Quien la lleva siente la Ruina como una mano en la nuca y oye, en el fondo de sí mismo, un eco que no es suyo. Las criaturas nacidas del fuego, del agua o de la arena no la soportan; dicen que les arde el rostro que la máscara les quita.
Su último rastro conocido la sitúa en Ethereon poco antes de la Fractura. Desde entonces, varios testigos aseguran que el Señor de las Mentiras se presenta a cada víctima con una cara distinta, y que solo una vez lo vieron sin ninguna.



