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Elemrise
❦ Bestiario

Serafín de Honor

Luz nacida de un juramento cumplido hasta el final

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Cuando alguien cumple un juramento a costa de su vida, el aire y el agua guardan su luz. De esa luz nacen los serafines de honor, que llegan antes que nadie y hacen que cada paso del enemigo pese más.

Se nos pide que juremos por la marea. Algunos, además, juran por la luz que dejarán. — Aegir, Ruiseñor de Hydrosia

Los serafines de honor no nacen: se forman. En Hydrosia, donde los juramentos se consideran tan sagrados como la marea, se dice que cuando una persona cumple su palabra aunque le cueste la vida, su último aliento se queda suspendido sobre el agua más cercana. Si el viento lo recoge, a lo largo de una noche se condensa en una figura alada de luz pálida. Al amanecer, el serafín abre los ojos y recuerda una sola cosa: la promesa que lo creó.

Son criaturas rápidas, siempre dispuestas. Un serafín no necesita prepararse para la batalla, porque nunca ha dejado de estar preparado. Su presencia en el campo tiene un efecto curioso sobre los enemigos: cada acción que intentan les cuesta más, como si cargaran con el peso de una promesa que no es suya. Los soldados que se han enfrentado a ellos describen la sensación como la de caminar con agua hasta la cintura.

Los serafines sirven a la causa del juramento que los formó, no a un reino. Por eso hay serafines aliados de Aegir que patrullan los canales de Hydrosia, y serafines solitarios que vagan por caminos olvidados porque la causa que defendían ya no existe. Estos últimos son los más tristes de Roglamor: siguen cumpliendo una promesa de la que nadie se acuerda.

Tras la Fractura, nacen más serafines que nunca. En la otra realidad, sin embargo, ocurre algo inquietante: los guardianes que cruzan entre ambas aseguran que allí aparecen figuras idénticas, pero oscuras, nacidas de juramentos rotos en el último momento. Nadie se atreve todavía a darles nombre.

El serafín más venerado de Hydrosia se llama Ilmar. Nació del último aliento de una muchacha, Rena Velasal, que juró mantener abierta la compuerta del puerto para que entraran los barcos refugiados durante la Fractura y la sostuvo con sus propias manos hasta que entró el último. Ilmar sigue montando guardia junto a esa compuerta. Cada vez que alguien intenta cerrarla antes de tiempo, la compuerta pesa tanto que no hay brazo capaz de moverla.

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