La Guardia Real de Aetheria jura silencio. Ravak, el Silenciador Eterno, lo impone. Un guardián real lo siguió durante semanas para entender la diferencia.
Sus labios permanecen sellados. Los míos no; yo solo aprendí a callar a los demás. — Ravak
Los guardianes reales de Aetheria no hablan. Lo juran el día que reciben la lanza, y sus labios permanecen sellados hasta la muerte. Es un silencio elegido, y lo llevan con orgullo. Por eso, cuando corrió el rumor de un hombre que arrancaba la voz a los demás, la Guardia envió a uno de los suyos a investigar.
El guardián encontró a Ravak en el Horizonte de Estrellamar. No llegó a desenvainar. Ravak lo miró, ladeó la cabeza y le dijo que su silencio no le servía, porque ya era suyo. Durante semanas, el guardián lo siguió de lejos. Vio cómo la gente que se cruzaba con él olvidaba lo que iba a decir. Vio también que Ravak no podía dormir si había ruido cerca.
Al volver a Aetheria, el guardián no pudo informar de palabra. Escribió una sola línea en la tablilla de la Guardia: no es un enemigo, es lo que seríamos si nadie nos hubiera dejado elegir. Esa tablilla se guarda bajo llave.


