Llanuras ennegrecidas con fuego bajo la tierra. Las Guardias de los Valles Quemados vigilan en silencio la puerta por la que entró el Vacío.
Aquí no se muere: se espera en la ceniza. — Ismara, capitana de las Guardias de los Valles Quemados
Los Valles son una sucesión de hondonadas de ceniza oscura, surcadas por grietas de las que sube un resplandor naranja. El suelo cruje como carbón, el humo se pega a la ropa y los vientos cálidos soplan siempre hacia el pilar. Las pocas plantas que crecen, cardos de lava y musgo rojo, florecen en la ceniza apenas llueve, como si la tierra quisiera volver.
Las Guardias de los Valles Quemados viven en torres bajas de basalto, comen poco, hablan menos y se marcan la piel con la llama de su primer turno. Cada puesto mantiene un brasero de vigilia encendido noche y día, y los muertos se queman allí mismo para que «vuelvan en la ceniza». Los Soñadores Oníricos Ardientes, en cambio, se dejan ver solo en sueños ajenos, y los guardias dejan junto a sus camas un cuenco de agua para ellos.
Desde la Fractura los Valles son una frontera: el Vacío entró aquí a inicios de 2.848, en el Paso de Hollín, y desde entonces algunas hondonadas se reflejan en la otra realidad con las torres derribadas. El rincón secreto se llama la Hondonada de las Cuarenta Sombras, un valle sin viento donde la ceniza forma huellas de gente que nunca estuvo. Las guardias lo cartografían de noche y se niegan a contar lo que han encontrado dentro.


