Los esbirros del Vacío no tienen nombre, ni memoria, ni futuro. Brotan de las grietas en oleadas, atacan sin pausa y se deshacen al poco tiempo. Lo que cuenta de ellos no es cada uno, sino cuántos son.
No luches contra la horda. Aguanta hasta que se acabe la noche. — Consejo de los Selladores de Portales
Allí donde el Vacío se filtra en Roglamor por una grieta, la oscuridad se acumula como agua tras un dique. Cuando rebosa, lo hace en forma de esbirros: figuras flacas de sombra, con extremidades demasiado largas y una boca donde debería estar la cara. Son rápidos, atacan en cuanto tocan el suelo y no conocen el miedo, porque no conocen nada. Su existencia es breve: al cabo de unas horas, la luz del mundo los disuelve, y lo único que queda de ellos es una mancha fría en la tierra.
Los estudiosos de Eldralis creen que los esbirros no son criaturas, sino el hambre del Vacío tomando forma por un instante. Zeon no los dirige uno a uno: los deja caer sobre Roglamor como quien vacía un saco. Los Heraldos, en cambio, saben aprovecharlos, y cada vez que uno debilita un cristal, la siguiente horda es más numerosa. En las aldeas cercanas a las grietas, los niños aprenden a contar con ellos: uno, dos, muchos, corre.


