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Elemrise
❦ Bestiario

Vark, Hijo del Dragón

Sangre de Ivith y de una princesa de Hydrosia, perseguido en todos los reinos

2 min de lectura

El fuego le viene de su padre. El agua, de una madre que nunca conoció. Y los cazadores de dragones creen que, si lo siguen, encontrarán a Ivith.

Me preguntan si soy hombre o bestia. Les respondo que soy hijo, y que eso ya es bastante pesado. — Vark, Hijo del Dragón

Vark es hijo de Ivith, el Dragón Dorado, y de una mujer que no le temió. Las tradiciones de Hydrosia la identifican con Ilsenne, una princesa del reino que renunció a su título y desapareció de los registros reales. Eso explicaría lo que nadie entiende de Vark: que lleve en la sangre el poder de las llamas y, a la vez, la calma del agua. Cuando entra en combate, su primer aliento quema como el de su padre; inmediatamente después, su mente se aclara como una fuente, y ve dos pasos por delante.

Ha vagado por reinos lejanos desde su juventud, perseguido por quienes temen su linaje. No tiene hogar fijo, pero sí un lugar al que vuelve: la Cascada del Alba, en Hydrosia, la cascada que cae hacia arriba durante el primer minuto de cada amanecer. Detrás de ella, accesible solo en ese minuto, está el templo donde encontró las reliquias de su madre y recibió las primeras visiones de Ivith. Vark entra cada pocos meses y sale empapado, con los ojos encendidos.

La Fractura le ha complicado la existencia. En la otra realidad, dicen algunos viajeros, hay otro Vark que eligió ser solo dragón. Él no lo ha visto, pero a veces siente su furia como un eco, y se pregunta si es ese otro el que lo empuja en sus momentos de ira. Las facciones de los reinos han empezado a pujar por él: unas lo quieren como arma, otras como prenda para negociar con Ivith, y casi todas como algo que vigilar.

El Cazador de Dragones, que lleva en la cara la cicatriz que le dejó Ivith, lo sigue de reino en reino convencido de que donde vaya Vark aparecerá su padre. Una vez estuvo a punto de alcanzarlo en los acantilados junto a la Cascada del Alba. Vark lo tuvo a merced de su fuego y no lo quemó. Le dijo una sola cosa: «Mi padre no vendrá. Nunca viene». El cazador sigue sin saber si era una amenaza o una confesión.

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