El Cráter del Dragón de Fuego se formó por la caída de un dragón que nunca llegó a apagarse. El Dragón de Fuego que ruge entre las cenizas vuelve allí cada invierno. Es su hijo.
Entre las cenizas, los elegidos sienten el rugido del dragón. Entre las cenizas, el dragón siente otro latido. — Durn, Enano de las Minas
Antes de que hubiera reino en Blazaria, una dragona de fuego cayó del cielo herida y no volvió a levantarse. El impacto abrió un cráter, y su calor no se ha apagado en dos mil años. Los herreros bajan a templar allí sus mejores hojas sin saber que el suelo que pisan respira.
La dragona no estaba sola cuando cayó. Bajo su ala, protegido del golpe, había un huevo. De él salió el Dragón de Fuego, que se crió entre las cenizas sin conocer otra madre que el suelo caliente del cráter. Cuando aprendió a volar, se marchó. Pero cada invierno vuelve, se tumba en el centro del cráter y se queda dormido.
Los elegidos que sienten el rugido del dragón entre las cenizas no saben que lo que oyen no es un grito de guerra. Es el sonido que hace un hijo cuando apoya la cabeza en el pecho de su madre.

